Mujercitas
Mujercitas Meg sabĂa siempre cuánto ganaba su marido y agradecĂa que Ă©l confiase en ella en un asunto —el dinero— que muchos hombres parecen valorar más que la felicidad. SabĂa dĂłnde lo guardaba y podĂa tomar lo que precisase siempre y cuando llevase un registro de cada centavo gastado, pagase las facturas una vez al mes y no olvidase que era la mujer de un hombre pobre. Hasta ese momento, lo habĂa hecho bien, habĂa sido prudente y meticulosa, habĂa anotado todo pulcramente en el cuaderno de cuentas y se lo habĂa mostrado cada mes, sin miedo. Sin embargo, aquel otoño la serpiente llegĂł al paraĂso de Meg y la tentĂł no con manzanas, sino con vestidos, que son la tentaciĂłn natural de las Evas modernas. A Meg le desagradaba sentirse pobre y que los demás se apiadasen de ella. Le irritaba sobremanera, pero no estaba dispuesta a reconocerlo, asĂ que de vez en cuando se consolaba comprando algo bonito para que Sallie no pensase que tenĂa que apretarse el cinturĂłn. Siempre se sentĂa fatal despuĂ©s, porque las cosas bonitas que adquirĂa rara vez eran necesarias pero, como no costaban demasiado, no tenĂa de quĂ© preocuparse. Sin embargo, la cuantĂa de los caprichos fue subiendo y, cuando iba de tiendas con su amiga, ya no se contentaba con mirar sin comprar.