Mujercitas
Mujercitas Amy suspiró aliviada, pero la traviesa Jo siguió sus instrucciones demasiado al pie de la letra. En aquella primera visita, se sentó con una pose perfecta y los pliegues del vestido elegantemente dispuestos, y se mostró tan serena como el mar en verano, tan fría como la nieve y más callada que una esfinge. La señora Chester no obtuvo respuesta cuando aludió a su «encantadora novela» y las hijas probaron suerte con diversos temas —fiestas, picnics, ópera y moda— sin conseguir de Jo más que una sonrisa, un gesto de asentimiento o un escueto «sí» o «no». Amy le telegrafiaba indirectas para que hablase y le daba pataditas disimuladamente, sin resultado alguno. Jo permaneció en todo momento hierática, ajena a todo, distante e inexpresiva.
—¡Qué altiva y sosa es la mayor de los March! —oyeron comentar, por desgracia, a una de las hijas nada más cerrar la puerta. Jo rió por lo bajo mientras cruzaba el vestíbulo, pero Amy estaba muy disgustada por lo ocurrido y, con toda razón, culpó a Jo del fracaso de la empresa.