Mujercitas
Mujercitas —Ahora, por favor, vayamos a casa. Ya visitaremos a la tÃa March en otra ocasión. Podemos ir a verla en cualquier momento y es una pena que sigamos manchando de polvo nuestras mejores galas; además, estamos fatigadas y de mal humor.
—Habla por ti. A la tÃa le encanta que la vayamos a ver bien vestidas y que hagamos una visita formal. A nosotras nos cuesta muy poco y para ella supone una gran satisfacción. Y, la verdad, no creo que tu ropa pueda mancharse más de lo que está después de permitir que se te subieran a la falda perros sucios y niños traviesos. Agáchate un momento para que sacuda las migas que llevas en el sombrero.
—Qué buena chica eres, Amy —dijo Jo, que miró con arrepentimiento su estropeado atuendo y, luego el impoluto vestido de su hermana—. ¡Ojalá me costase tan poco como a ti hacer pequeñas cosas por los demás! Yo pienso en ello, pero me parece que me roba demasiado tiempo y siempre acabo prefiriendo esperar a poder hacer un gran favor que compense todos los pequeños que no hago. Pero creo que los pequeños detalles se agradecen más.
Amy sonrió, aplacada por las palabras de su hermana, y dijo en tono maternal: