Mujercitas
Mujercitas —Iré yo.
—Ni hablar; son más de las diez y está muy oscuro fuera. Tampoco me puedo quedar aquà porque no hay sitio; Sallie tiene invitadas. Descansaré hasta que Hannah venga a buscarnos y, entonces, haré un esfuerzo.
—Le pediré a Laurie que vaya —propuso Jo, que sintió un alivio inmediato ante esa idea.
—¡Por favor, no lo hagas! No pidas ayuda ni a él ni a nadie. Tráeme mis botas y guarda los zapatos con nuestras cosas. Ya no puedo seguir bailando. Ve a cenar y, cuando termines, espera a que llegue Hannah y ven a avisarme enseguida.
—La cena va a empezar ahora. Prefiero quedarme aquÃ, contigo.
—No, querida; ve y tráeme un café. Estoy tan cansada que no puedo ni moverme.
Meg se recostó, cuidando de que las botas permaneciesen ocultas, y dando tumbos Jo se dirigió al comedor, al que llegó después de haberse metido, por error, en el cuarto donde guardaban la vajilla y haber abierto la puerta de la sala en la que el anciano señor Gardiner tomaba un refrigerio en privado. Una vez en el comedor se abalanzó sobre la mesa y se hizo con un café que, en cuestión de segundos, derramó sobre su vestido, con lo que el delantero de la falda quedó tan poco presentable como la parte de atrás.