Mujercitas

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Lo soportó lo mejor que pudo pero, cuando le preguntaron su opinión, estalló con sincera indignación y defendió la religión con la elocuencia que aporta la verdad y que hizo que su inglés sonara más musical que nunca y su rostro resplandeciese. El combate fue duro puesto que los filósofos eran buenos argumentando, pero él no se dio por vencido y se mantuvo fiel a sus principios hasta el final. Y, mientras le oía, el mundo volvió a recuperar el sentido que tenía para Jo, las viejas creencias que tanto tiempo habían perdurado parecían nuevamente mejores que las nuevas. Dios no era una fuerza ciega y la inmortalidad no era un cuento hermoso sino una bendición real. Volvió a sentir la tierra firme bajo sus pies y cuando el señor Bhaer hizo una pausa para ganar tiempo, no porque le hubiesen convencido, Jo sintió el impulso de aplaudir y darle las gracias.

No hizo ni lo uno ni lo otro, pero la escena se grabó en su memoria y, a partir de entonces, sintió mayor respeto por el profesor, que, a pesar de lo que le había costado decir lo que pensaba, lo había hecho porque su conciencia no le permitía callar. Así fue como Jo comprendió que los valores son mucho más importantes que el dinero, la posición social, la formación intelectual o la belleza, y que si la excelencia era, como un sabio había definido, «verdad, reverencia y buena voluntad», entonces el señor Bhaer no solo era un hombre bueno, sino excepcional.


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