Mujercitas
Mujercitas 
—¡Oh, querida! ¡Qué duro resulta retomar nuestras obligaciones y seguir adelante! —dijo Meg con un suspiro, la mañana siguiente de la fiesta. Las vacaciones habÃan acabado y aquella semana de felicidad no le habÃa aportado energÃa suficiente para ocuparse de tareas que no eran de su agrado.
—Ojalá todos los dÃas fuesen Navidad o Año Nuevo. ¡SerÃa estupendo! —comentó Jo en tono melancólico y entre bostezos.
—Entonces no disfrutarÃamos de esos dÃas especiales ni la mitad que ahora. De todos modos, debe de ser maravilloso que te inviten a cenar y te regalen ramos de flores, ir a fiestas, volver a casa en carruaje y, al llegar, leer un rato y descansar, sin tener que pensar en trabajar. Algunas jóvenes llevan esa vida, y yo las envidio. ¡El lujo me atrae tanto! —comentó Meg mientras trataba de decidir cuál de los dos vestidos desgastados que tenÃa ante sà lo estaba menos.
—Bueno, eso no está a nuestro alcance, asà que, en lugar de lamentarnos, arrimemos el hombro y cumplamos con nuestras obligaciones con alegrÃa, como hace Marmee. Para mÃ, la tÃa March es como el viejo de Simbad el Marino, pero imagino que cuando aprenda a soportarla sin protestar me quitaré esa carga de encima o me resultará tan ligera que ni pensaré en ella.
