Mujercitas
Mujercitas —Si Marmee nos amenazara con el puño en lugar de mandarnos besos con la mano nos estarÃa bien empleado, porque nos hemos comportado como unas brujas —comentó Jo, que, en su arrepentimiento, consideraba que el lodo del camino y el fuerte viento eran una merecida penitencia.
—No uses expresiones vulgares —se quejó Meg, oculta tras el chal con que se habÃa cubierto como una monja harta del mundo.
—No veo nada malo en emplear palabras fuertes cuando su significado es el adecuado —repuso Jo sujetándose el sombrero cuando dio un salto sobre su cabeza, dispuesto a salir volando.
—Puedes dedicarte todos los insultos que quieras, pero yo no soy ni una granuja ni una bruja.
—Está claro que hoy no tienes un buen dÃa y, además, estás frustrada por no poder vivir rodeada de lujos. ¡Pobrecita! Espera a que yo me haga rica; entonces, podrás disfrutar de todos los carruajes, helados, zapatos de tacón y ramilletes que quieras y bailarás con todos los jóvenes pelirrojos que te apetezca.
—¡No seas ridÃcula, Jo! —exclamó Meg, que no obstante se rió de la ocurrencia y se sintió mejor a su pesar.