Mujercitas

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A menudo, despertaba y veía a Beth leer su librito, ya gastado, o la oía cantar en voz baja para entretener sus noches en vela. Otras veces la encontraba con el rostro entre las manos, llorando mansamente, mientras las lágrimas rodaban por sus transparentes dedos; Jo la miraba sin levantarse de la cama, tan impresionada que ni llorar podía, y comprendía que Beth se despedía a su modo, sencillo y desinteresado, de su antigua vida y se preparaba para la siguiente buscando consuelo en la palabra de Dios, en oraciones quedas y en la música que tanto amaba.

Ser testigo de aquellos momentos enseñó a Jo más que el sermón nías sabio, el himno más santo o la oración más fervorosa jamás pronunciada. Con los ojos anegados de lágrimas y el corazón más sensible por la pena, entendió la belleza de la vida que había llevado su hermana: sin incidentes, sin ambición y, sin embargo, llena de virtudes «que perfuman y adornan la sepultura» y de ese desapego por uno mismo, que convierte a los más humildes en los favoritos del cielo, el mayor éxito al que uno pueda aspirar.





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