Mujercitas
Mujercitas 
A Laurie, el sermón de Amy le hizo reaccionar aunque, por supuesto, no lo hubiese reconocido por nada del mundo. Los hombres rara vez lo hacen, porque, cuando una mujer aconseja algo, los amos de la creación no aceptan sus instrucciones hasta estar seguros de que coinciden con lo que ellos mismos pretenden hacer. Entonces pasan a la acción y, si sale bien, conceden la mitad del mérito a la parte más débil, mientras que si no resulta, en un alarde de generosidad, le atribuyen la totalidad de la responsabilidad. Laurie fue a visitar a su abuelo y se mostró tan atento durante varias semanas que el anciano concluyó que el clima de Niza le había sentado de maravilla y le invitó a que regresara. El joven se moría de ganas de volver pero, después del regaño recibido, ni un elefante le hubiese podido llevar a rastras hasta allí. Y cuando el deseo era más fuerte que él, repetía las frases que más impresión le habían causado: «Te desprecio», y «¿Por qué no haces algo maravilloso y la conquistas?».
