Mujercitas
Mujercitas Es fácil prometer abnegación cuando vivimos entregados al cuidado de otro y su dulce ejemplo purifica nuestro corazón y nuestra alma, pero cuando la voz que tanto nos ayudaba se acalla, la lección diaria termina, la presencia amada desaparece y lo único que queda es soledad y dolor, descubrimos que mantener la promesa resulta muy duro. Así le ocurrió a Jo. ¿Cómo iba a consolar a sus padres si su corazón moría de añoranza por su hermana? ¿Cómo alegrar a otros si toda la luz, calidez y belleza de su universo parecían haberse ido con Beth cuando dejó este mundo? ¿Y cómo iba a equipararse a Beth y ser útil y dichosa sirviendo a otros con la certeza de que se hace el bien como única recompensa? Jo se esforzaba mucho por cumplir con sus obligaciones, pero en secreto se rebelaba contra ellas porque le parecía injusto renunciar a las pocas alegrías que le quedaban, que su carga se volviese aún más pesada y que la vida fuese cada vez más dura. Era como si algunas personas consiguiesen siempre lo mejor, y otras, lo peor. No era justo, ella se esmeraba más que Amy por ser buena pero, lejos de premiarla por ello, la vida le pagaba con más decepciones, problemas y trabajo duro.
