Mujercitas
Mujercitas Meg sonrió, contenta de ver que Jo recuperaba su antiguo sentido del humor, pero sentía que debía insistir para convencerla con todos los argumentos a su alcance. Aquellas charlas de hermanas no cayeron en saco roto, sobre todo porque Meg disponía de dos argumentos de peso, los niños, a los que Jo adoraba tiernamente. Algunos corazones se abren con la tristeza y el de Jo estaba listo para caer del erizo… Solo hacía falta un poco de sol para que la castaña estuviese madura y lista para que un hombre, no un niño impaciente, se acercase y, con ternura, desprendiese la castaña del erizo y gozase de un fruto dulce y en su sazón. De haber sabido que aquello ocurriría, la joven se hubiese cerrado más que nunca y hubiese sacado todos sus pinchos pero, por fortuna, en aquellos momentos no pensaba en su persona, de modo que, cuando se dieron las circunstancias, cayó mansamente del árbol.