Mujercitas
Mujercitas 
—Por favor, mamá, ¿podrÃa prestarme a mi esposa media hora? El equipaje ya ha llegado y, aunque he estado revolviendo entre las galas parisinas de Amy, no encuentro lo que busco —dijo Laurie al dÃa siguiente, cuando fue a buscar a su esposa y la encontró sentada en las rodillas de su madre, como si volviese a ser una niña.
—Por supuesto. Ve, querida. HabÃa olvidado que ahora tienes otro hogar. —Y la señora March apretó la blanca mano que llevaba el anillo de casada como si pidiera perdón por su codicia maternal.
—No habrÃa venido a buscarla de haber podido evitarlo, pero ya no sé vivir sin mi mujercita, soy como un…
—Una veleta sin viento —apuntó con una sonrisa Jo, que desde que Teddy habÃa regresado a casa volvÃa a ser la muchacha desvergonzada de siempre.
—Exactamente, porque Amy me tiene mirando al oeste la mayor parte del tiempo y solo me deja girar de vez en cuando hacia el sur. Desde que me he casado no sé qué es el viento del este ni he visto el del norte. Aun asÃ, sigo sano y tranquilo… No, ¿querida?
