Mujercitas
Mujercitas No podría considerar cumplida mi humilde labor de cronista de la familia March si no dedicase, por lo menos, un capítulo a sus dos miembros más preciosos e importantes. Daisy y Demi habían alcanzado ya cierta madurez, pues, en estos tiempos en que todo va tan rápido, los niños de tres o cuatro años hacen valer sus derechos y consiguen lo que quieren, lo que no siempre es el caso de muchos de sus mayores. Dudo que hayan existido dos gemelos más consentidos que los hermanos Brooke. Bien es cierto que eran unos niños extraordinarios, como evidencia el hecho de que a los ocho meses caminaran, a los doce hablaran con fluidez y a los dos años comieran en la mesa y se comportasen con una propiedad que embobaba a todo el que los veía. A los tres años, Daisy pidió una aguja y confeccionó una bolsa con cuatro puntadas, se dedicó a hacer labores domésticas en el aparador y usaba una cocina microscópica de juguete con una gracia que hacía que a Hannah se le llenasen los ojos de lágrimas de orgullo. Mientras, Demi aprendía a escribir con su abuelo, que inventó un nuevo método para enseñar el alfabeto formando las letras con las piernas y los brazos, con lo que conseguía unir saber y gimnasia. El niño dio tempranas muestras de tener talento para la mecánica, para alegría de su padre y entretenimiento de su madre, puesto que su afán por imitar todas las máquinas que veía hacía que su dormitorio fuese un auténtico caos, en el que instaló una misteriosa estructura creada con cuerdas, sillas, pinzas de ropa y bobinas que hacían girar unas ruedas constantemente. También había colgado un cesto del respaldo de una silla grande y trataba en vano de izar en él a su demasiado confiada hermana, que, con femenina entrega, soportaba coscorrones en la cabecita, hasta que su madre acudía en su rescate y el joven inventor protestaba airado.
