Mujercitas

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47 LA COSECHA

Durante el primer año, Jo y su profesor trabajaron, esperaron y se amaron; se reunieron en contadas ocasiones y se escribieron cartas tan voluminosas que, a decir de Laurie, provocaron un alza en el precio del papel. El segundo año tuvo un inicio más triste porque la perspectiva no parecía mejorar y, además, la tía March murió repentinamente. Cuando la pena empezaba a menguar —porque, a pesar de su afilada lengua, querían a la anciana—, descubrieron un motivo de celebración: Jo había heredado la casa de Plumfield, lo que prometía toda clase de perspectivas halagüeñas.

—Es una propiedad vieja, pero conseguirás una buena suma por ella, porque imagino que querrás venderla, ¿no? —preguntó Laurie cuando, semanas después, se reunieron todos para comentar el asunto.

—No, no pienso hacerlo —contestó Jo, decidida, mientras acariciaba al gordo perro de la tía March, que había adoptado por respeto a la memoria de su antigua ama.

—¿No pretenderás vivir allí?

—Pues sí.

—Querida, es una casa enorme y necesitarás dinero para mantenerla en buen estado. Solo el jardín y el huerto requieren del trabajo de dos o tres hombres, y me parece que ése no es el fuerte de Bhaer, ¿me equivoco?


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