Música y macarrones

Música y macarrones

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Allí eran llevadas en grandes cestas las pobres rosas, violetas, resedas y azahares, con sus hermanas, para entregar sus dulces almas en calientes salas donde ardían fuegos y hervían grandes calderos. Luego las llevaban arriba, para ser aprisionadas por los jóvenes en frascos de todas formas y colores. Ellas les colocaban etiquetas doradas, las acomodaban en delicadas cajas, y las enviaban para aliviar al enfermo, complacer al rico y poner dinero en los bolsillos de los mercaderes.

Muchos niños eran empleados en el trabajo liviano de escardar los canteros, recoger flores y cumplir mandados. Entre éstos, ninguno era más laborioso, feliz ni más querido que Florentino y su hermana Stella. Aunque eran huérfanos, habitaban con la anciana Mariuccia en su casita de piedra cercana a la iglesia, satisfechos con los magros salarios que ganaban, pese a que sus vestimentas eran humildes, y sus alimentos lo constituían ensalada, macarrones, pan de cebada y vino flojo, agregando de vez en cuando algún bocado de carne, cuando el novio de Stella o algún amigo más rico los agasajaba en días de fiesta.





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