Ocho primos

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Los demás se manifestaron tan decididamente de acuerdo con el que se resignaron a prescindir de la pequeña reina de sus travesuras, convencidos de que aquello sería muy transitorio.

Pero fueron pasando las horas y no apareció ninguna señal en el balcón hacia el cual Febe no hacía otra cosa que mirar desesperadamente. Ningún bote de los que por allí pasaban trajo a la fugitiva de vuelta, y fue una decepción para todos aquellos ojos que buscaban el cabello brillante bajo un sombrero redondo, hasta que por último llegó el crepúsculo, con sus colores de costumbre, pero sin que viesen a Rosa por ningún sitio.

—No la hubiese creído capaz de hacer esto. La supuse un poco sentimental, pero veo que lo ha pensado en serio y ha decidido realizar un sacrificio verdadero.

—¡Pobrecita! Le compensare todo esto mil veces, y le pediré perdón por haber creído que buscaba un mero efecto —dijo arrepentido el doctor Alec, mientras esforzaba su vista en la oscuridad creciente, creyendo que en el jardín veía una figurita sentada, tal como la noche antes vio a Rosa en el barrilito, cuando unía las hebras del generoso ardid que vino a resultar más grave de lo que él mismo presintió.


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