Ocho primos
Ocho primos —No te preocupes de lo que pueda decir o pensar, con tal de que obedezca. Dile que lo haga por mÃ, y no habrá broma que se le pueda comparar. Creo que me va a costar trabajo, pero tengo esperanza de salir vencedor —añadió el doctor Alec, mientras subÃa por la escalera con el libro en la mano y una sonrisa en los labios.
Tanta era la charla en el cuarto de costura, que nadie lo oyó cuando llamó a la puerta, y tuvo que abrirla, lo cual le dio tiempo de fijarse bien. Las tÃas Abundancia, Clara y Jessie estaban absortas en la contemplación de Rosa, que giraba lentamente entre ellas y un espejo grande, muy orgullosa con su vestido de invierno a la última moda.
—¡Bendito sea el Señor! Esto es peor de lo que creà —pensó el doctor, refunfuñando interiormente, pues a su manera de ver las cosas la chica parecÃa una gallina apuntalada y el vestido nuevo y costoso no tenÃa gracia ni belleza y no le sentaba bien.