Ocho primos

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CAPÍTULO 19

EL HERMANO HUESOS

Rosa aceptó el ofrecimiento de su tío, como descubrió la tía Myra dos o tres días después. Viniendo temprano a hacer una visita, oyó voces en el estudio y abrió la puerta; pero lanzó un grito y la volvió a cerrar rápidamente, con una cara de asustada que hubiese impresionado a cualquiera. Al instante apareció el doctor y le preguntó qué le había pasado.

—¿Cómo te atreves a preguntarte, teniendo ahí dentro un cajón que parece como de muerto, y creo que lo es, y ese bicho terrible que me ha mirado a la cara cuando abrí la puerta? —dijo la pobre mujer, señalando al esqueleto que pendía de la araña y miraba con plácida sonrisa a todos los que asomaban la cabeza.

—Es una escuela de medicina a la cual tienen acceso las mujeres, de modo que puedes pasar y escuchar la clase, si me concedes ese gran honor —dijo el doctor, saludándola con una reverencia muy cortés.

—Sí, tía, entre, y verá que lindo es esto —dijo Rosa, cuya cara sonrosada se asomaba por entre las costillas del esqueleto.

—¿Y que haces ahí, criatura? —preguntó la tía Myra, dejándose caer en una silla y mirando en torno con los ojos muy abiertos.


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