Ocho primos

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Cuando le tocó el turno a la aritmética, la maestrita debió sorprenderse al descubrir que su discípula estaba en ciertas cosas más fuerte que ella, pues Febe había hecho muchas cuentas en las libretas del carnicero y del panadero y sumaba con tanta rapidez y corrección que Rosa quedó extrañadísima y llegó a temer que la alumna, como no pusiese mucha atención, la aventajaría en esto muy pronto. Las alabanzas halagaron a Febe, y prosiguieron con entusiasmo, interesándose ambas de tal modo que el tiempo se les pasaba volando y de pronto apareció la tía Abundancia, la cual exclamó, al ver las dos cabecitas agachadas sobre una pizarra:

—¡Bendito sea el Señor! ¿Qué estáis haciendo ahora?

—Dedicadas al estudio, tía. Estoy dándole clase a Febe y me distraigo muchísimo —explicó Rosa levantando su carita.

Si la cara de Rosa reflejaba alegría, mayor era la que denotaba la de Febe cuando añadió muy seria:

—Sin duda debí pedirle permiso antes; pero cuando la niña Rosa me lo propuso, me sentí tan dichosa que no reparé en ese detalle. ¿Lo dejo?


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