Rosa en flor
Rosa en flor El Plan de Tía Clara
Estando seriamente alarmado por el temor de perder el deseo de su corazón, Charlie había partido decididamente a trabajar y, como muchos otros jóvenes reformistas, no exageró el asunto, porque para tratar de mantenerse lejos del camino de la tentación, él se negó a todo goce inocente. El «ajuste artístico» era una buena excusa para el retiro que él pensaba sería una penitencia adecuada, y se sentó con desgana tomando el lápiz o el pincel, con diarios paseos salvajes sobre el negro Bruto, que parecía hacerle bien, porque el peligro de ese tipo era su deleite.
La gente estaba acostumbrada a sus caprichos y restaron importancia a lo que consideraban otro nuevo pasatiempo, pero cuando se prolongó semana tras semana y todos los intentos de sacarlo fueron en vano, sus alegres compañeros se dieron por vencido y la familia comenzó a decir con aprobación —«Ahora realmente va a sentar cabeza y a hacer algo». Afortunadamente, su madre lo dejó solo, porque aunque el doctor Alec no había «tronado en su oído», como él amenazó, había hablado con ella de una manera que primero la hizo sentirse muy enojada, a continuación, ansiosa, y, por último, muy sumisa, porque su corazón estaba puesto en que el chico conquistara a Rosa y ella habría tenido que vestirlo de cilicio y ceniza, si él aseguraba el premio.
