Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Llenando su vida de veneno, sin haber hecho mucho bien, ¡ay!, hubiese podido dar un tema a todos los periódicos con su gloria inmortal, enseñando a la gente y burlándose de ella en medio de los aplausos o del ruido de las maldiciones. Hubiera podido seguir un camino terrible hasta entregar el último suspiro a la vista de solemnes trofeos como nuestro Kutusof o Nelson en el destierro, como Napoleón, o ser colgado como Rileev.

Puede ser también que un destino corriente esperase al poeta. Al transcurrir los años de juventud, se calmaría el ardor de su alma; hubiera podido cambiar mucho, separarse de las musas y casarse. En el pueblo, dichoso y rico, llevar una bata guateada, conocer la vida verdaderamente, y a los cuarenta años sufrir de la gota. Beber, comer, aburrirse, engordar y, al fin, morir en su cama, rodeado de niños, mujeres llorosas y médicos.

¡Ay lector! Fuera de lo que fuese, el amante adolescente, el pensativo y soñador poeta ha encontrado la muerte por una mano amiga. Hay un sitio, a la izquierda de la aldea donde vivió este discípulo de la inspiración, en el que dos pinos han entrelazado sus raíces a orillas de un arroyo que serpentea por el valle vecino. Allí le gusta descansar al labrador, y las segadoras vienen a llenar de agua sus sonoros cántaros. Allí cerca del arroyo, en la espesa sombra se eleva un sencillo monumento.


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