Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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CAPÍTULO VIII

Fare thee well, and if for ever, Still for ever fare thee well.

(Byron)

 

En aquellos días cuando crecía tranquilamente en los jardines del Liceo leyendo con placer a Apuleyo y sin interesarme por Cicerón, en aquellos días de primavera, empezó aparecerme la musa en los valles secretos, cerca de las aguas resplandecientes, en donde se oía el clamor de los cisnes. De repente, mi celda de estudiante se iluminó; la musa introdujo en ella el festín de las juveniles fantasías, cantó las alegrías infantiles con la gloria de nuestra antigüedad y los inquietos sueños del corazón. El mundo la recibió con una sonrisa: el éxito fue el primero que los amparó; el viejo Derjavin se fijó en nosotros y, al bajar a la tumba, nos bendijo. Dimitriev, protector de las costumbres rusas, no fue nuestro censor, nos distinguió y animó a la tímida musa. Y tú, cantante, profundamente inspirado por todo lo bello; tú, ídolo de los corazones vírgenes, ¿no eres tú quien, seducido por la parcialidad, me tendiste la mano y me condujiste a la gloria pura?


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