Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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CAPÍTULO II

¡Oh Rusia, inmensa aldea!

 

El pueblo donde se aburría Eugenio era un rinconcito encantador; allí el amigo de los deleites inocentes podrá bendecir al cielo. La casa señorial, aislada y protegida de los vientos por una montaña, dominaba el riachuelo; a lo lejos, frente a ella, los prados y los jardines dorados en flor mezclaban sus matices. Aquí y allí aparecían aldeas; los rebaños andaban errantes por los campos, y la entrada ensanchaba el profundo, enorme y abandonado parque, refugio de las pensativas dríadas. El respetable castillo, sólido y tranquilo, fue construido al gusto de la sabia antigüedad. Las estancias eran todas altas y espaciosas; el salón estaba tapizado de seda; de las paredes colgaban retratos de los zares, y estufas de azulejos lo adornaban. Todo estaba ahora descolorido, no sé francamente por qué; pero la verdad es que a mi amigo también le tenía sin cuidado, pues bostezaba del mismo modo en un salón moderno que en uno antiguo.



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