Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Entre ellos todo suscitaba discusiones, y esto los atrajo a la reflexión. Los acuerdos de las antiguas tribus, los frutos de la ciencia, el bien y el mal, los prejuicios de los siglos, el destino y la vida, todo se sometía por turno a su juicio. El poeta, en la vehemencia de sus opiniones, leía párrafos de autores del Norte, y el indulgente Eugenio, aunque no los entendía mucho, escuchaba atentamente al joven. Pero el amor era lo que más a menudo ocupaba los espíritus de mis dos solitarios. Liberados de sus revoltosos poderes, Onieguin decía de él, con un involuntario suspiro de pena: «¡Dichoso el que vivió sus inquietudes y, al fin, se liberó de ellas! ¡Dichoso quien no las conoció y apagó el amor con la separación, quien evitó la enemistad con sarcasmo, bostezó con sus amigos y su mujer, sin estar atormentado por el suplicio de los celos, y no confió al juego el capital seguro de sus abuelos!».