Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Todos hemos estudiado poco y de cualquier manera; asà es que, gracias a Dios, en nuestro paÃs no es difÃcil sobresalir en educación. Onieguin era, según la opinión de muchos —jueces seguros y severos—, un joven erudito, pero pedante. PoseÃa el afortunado talento de saber hablar superficialmente de todos los temas con el aire docto del conocedor, de guardar silencio en una conversación seria y de despertar la sonrisa de las damas con el fuego de inesperados epigramas. Sospechaban en él un talento. Verdaderamente, podÃa sostener una discusión varonil sobre Byron y BenjamÃn, sobre los carbonari, Parni o el general Jomin[3]. Hoy dÃa el latÃn no está de moda; pero, a decir verdad, él sabÃa lo bastante este idioma para poder descifrar los epÃgrafes, hablar de Juvenal, poner un vale al final de una carta y recitar sin dificultad dos o tres versos de la Eneida. No tenÃa suficiente afán ni interés para rebuscar en el polvo cronológico la historia de la tierra; pero se sabÃa de memoria todas las anécdotas desde los tiempos de Rómulo hasta nuestros dÃas. No tenÃa ninguna pasión elevada, y, careciendo de verdadero interés por el estudio de la poesÃa, no podÃa distinguir el yambo del coreo, como nos pasa a nosotros. No le gustaban Homero ni Teócrito; sin embargo, leÃa a Adam Smith y era un profundo economista; es decir, sabÃa juzgar de qué manera el gobierno se enriquece, de qué vive y por qué no le hace falta oro cuando tiene materias primas. Su padre no le comprendÃa y empeñaba sus tierras.
