Eugenio Oneguin

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CAPÍTULO V

¡Oh Svetlana! ¡Ojalá no hubieras conocido la terrible significación de tu sueño!

(Jukovski)

 

Aquel año el otoño se prolongó mucho; la Naturaleza esperaba, esperaba el invierno. Nevó al final de enero, en la noche del 2 al 3. Habiéndose despertado temprano, Tania vio por la ventana el corral emblanquecido durante la noche, así como los cercados, los tejados y la verja; ligeros dibujos en los cristales, los árboles cubiertos de plata de invierno; en el patio, a los alegres cuervos, y las montañas, cubiertas del blando tapiz invernal. ¡Todo está blanco, todo brilla alrededor! Es invierno. Triunfalmente el campesino emprende el camino con su trineo; su caballo, husmeando la nieve, se arrastra al trote con indolencia. Vuela la valiente kibitka[31], levantando a su paso copos vaporosos de los surcos. El cochero está sentado en el pescante con su tulup[32] de borrego y su cinturón rojo. Allí corre un chiquillo del pueblo; ha sentado en el trineo al perro, y él se ha transformado en caballo, ¡oh, el travieso! Se ha helado un dedo, le duele y se ríe, mientras su madre le amenaza desde la ventana.


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