La hipótesis del amor
La hipótesis del amor La rutina del congreso en Boston era una maraña de horarios imposibles, charlas interminables y demasiados cafés a medio terminar. Olive pensó que lo peor ya había pasado: actuar como la novia de Adam frente a colegas y académicos. Pero el caos no se detuvo ahí. Más bien, tomó nuevas formas, más sutiles, más personales.
Después de su presentación, un grupo de investigadores se acercó a ella con preguntas incisivas. Olive respondió lo mejor que pudo, pero sintió el peso de sus dudas internas apretándole el pecho. ¿Estaba lo suficientemente preparada? ¿Era suficiente su trabajo?
Cuando la conversación terminó, Olive escapó al balcón. Allí, el aire frío de la noche la envolvió, dándole un respiro momentáneo. Pero no estaba sola. Adam apareció poco después, apoyándose en la barandilla junto a ella.
—¿Escapando de nuevo? —preguntó, su tono más suave que de costumbre.
—Un poco —admitió ella, sin mirarlo. Había aprendido que Adam tenía una habilidad inquietante para leer sus emociones, incluso las que ella trataba de ocultar.
—Lo hiciste bien.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Olive, girándose hacia él.
