La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos El verano de 1980 se convirtió en un torbellino de descubrimientos para MartÃn. Candela lo arrastraba a lugares que él nunca habrÃa visitado por sà mismo: un mirador escondido en las afueras del pueblo, un campo de girasoles donde el sol parecÃa brillar más fuerte, incluso una vieja casa abandonada que ella describió como un refugio de secretos. Cada dÃa con ella era un paso más lejos de su rutina y un poco más cerca de algo que no sabÃa nombrar.
Una tarde, mientras se refugiaban bajo un árbol tras una lluvia repentina, Candela lo miró con esa sonrisa que siempre parecÃa esconder un desafÃo.
―Dime algo, MartÃn ―dijo, alzando la mirada hacia las ramas cargadas de agua―. ¿Qué es lo que realmente quieres? No lo que te dicen que debes querer. Lo que tú, aquà ―se llevó la mano al pecho―, deseas.
MartÃn se quedó en silencio, las palabras atascadas en su garganta. La verdad era que no lo sabÃa. Su vida hasta ese momento habÃa sido una serie de decisiones tomadas por otros: la carrera que sus padres consideraron adecuada, el trabajo en la editorial, el matrimonio con una mujer que, aunque buena y amable, nunca encendió en él el fuego que veÃa arder en los ojos de Candela.
