La teorÃa de los archipiélagos
La teorÃa de los archipiélagos Candela tomó asiento sin pedir permiso, sus ojos explorando las lÃneas trazadas en el papel. MartÃn intentó concentrarse en el dibujo, pero su pulso lo traicionaba.
―Eres bueno ―dijo ella, con una sonrisa que era mitad desafÃo, mitad sinceridad―. Aunque esto es demasiado perfecto. Las flores no son asÃ. Son más... caóticas.
MartÃn alzó la mirada. ―¿Caóticas?
―Claro. Las flores no siguen un patrón. Crecen donde quieren, como quieren. A veces entre grietas, a veces en la sombra. Son como las personas.
La conversación se alargó más de lo que MartÃn esperaba. Hablaron de libros, de música, del arte de encontrar belleza en lo cotidiano. Pero lo que más lo sorprendió no fueron las palabras, sino el silencio cómodo que se instaló entre ellos, como si sus almas hubieran decidido comunicarse por su cuenta.
En el presente, MartÃn caminaba por los mismos senderos del parque. Los árboles seguÃan allÃ, aunque más altos, más viejos, y los bancos de madera estaban desgastados por el tiempo. Se detuvo frente al lugar donde solÃan sentarse, esperando encontrar alguna señal de que el pasado no era solo un sueño. Pero todo lo que habÃa era un banco vacÃo, cubierto de hojas caÃdas.
