Divina Comedia
Divina Comedia Ya estaba el Sol tocando el horizonte, cuyo círculo meridiano cubre Jerusalén con su punto más elevado, y ya la noche, formando un arco en oposición a él, salía fuera del Ganges con las Balanzas que se le caen de las manos cuando supera en extensión al día[9]; de modo que allí, donde yo me encontraba, las blancas y sonrosadas mejillas de la bella Aurora, según iba creciendo, se tornaban de color de oro[10]. Estábamos aún en la orilla del mar, como quien piensa en el camino que debe seguir y anda con el deseo, sin que el cuerpo se mueva. Cuando he aquí que, así como al amanecer, por efecto de los densos vapores, se ve a Marte enrojecido hacia Poniente sobre las aguas marinas, de igual modo se me apareció —¡ojalá pudiese verla otra vez!— una luz la cual venía tan rápidamente por el mar, que ningún vuelo sería comparable a su celeridad. Un solo momento aparté de ella la vista para interrogar a mi Guía y al punto volví a verla mucho más voluminosa y brillante; distinguiendo luego a cada lado de la misma una cosa blanca, sin saber lo que era, debajo de la cual se distinguía poco a poco otro objeto igualmente blanco. Aún no había pronunciado una palabra mi Maestro, cuando se vio que las primeras formas blancas eran alas. Y entonces, habiendo conocido bien al gondolero, exclamó: