Divina Comedia
Divina Comedia —Esta montaña es tal —me respondió— que siempre cuesta trabajo empezar a subirla, y cuanto más va para arriba es menos fatigosa. Cuando te parezca tan suave que subas ligeramente por ella como van por el agua las naves, entonces habrás llegado al fin de este sendero. Espera, pues, a conseguirlo, para descansar de tu fatiga. Y no respondo más, pues sólo esto tengo por cierto.
Cuando hubo terminado de decir estas palabras resonó cerca de nosotros una voz que decÃa: «Quizá te veas precisado antes a sentarte». Al sonido de aquella voz, volvÃmonos y vimos a la izquierda un gran peñasco, en el que no habÃamos reparado antes ninguno de los dos. Nos dirigimos hacia allÃ, donde estaban algunos espÃritus reposando a la sombra del peñasco, como quien lo hace por indolencia. Uno de ellos, que me parecÃa cansado, estaba sentado con las rodillas abrazadas, reposando sobre ellas su cabeza.
—¡Oh, amado señor mÃo! —dije entonces—: contempla a ese que se muestra más negligente que si fuese hermano de la pereza.
Entonces se volvió hacia nosotros y nos examinó, dirigiendo sus miradas por encima de los muslos y diciendo:
—Ve, pues, allá arriba, tú que eres tan valiente.