Divina Comedia
Divina Comedia Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos que la Luna llegó a su lecho para acurrucarse antes de que nosotros saliésemos de aquel angosto camino. Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado y ambos inciertos de la dirección que debíamos seguir, en un rellano más solitario que un sendero a través de un desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel rellano sólo tendría de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la derecha como por la izquierda, parecíame que aquella cornisa era siempre igual. Aún no habíamos dado un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo interior y escueto, por el cual no se podía subir, era de mármol blanco y adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza habría sido superada en comparación con ellas. El ángel que bajó a la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada y abrió las puertas del Cielo después de su prolongada clausura, se ofreció a nuestra vista con tanta verdad y en tan dulce actitud esculpido, que no parecía una figura silenciosa, y hubiérase jurado que estaba diciendo «Ave». Porque también estaba allí representada la que dio vuelta a la llave para abrir el Amor supremo. En su actitud se veían impresas estas palabras: «Ecce ancilla Dei», tan propiamente como aparece una figura sellada en la cera[67].