Divina Comedia

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Así descendí del primer Círculo al segundo, que contiene menos espacio pero mucho más dolor, y dolor punzante, que origina desgarradores gritos. Allí estaba el horrible Minos[55], que, rechinando los dientes, examinaba las culpas de los que entraban, juzgaba y daba a comprender sus órdenes por medio de las vueltas de su cola. Es decir, que cuando se presenta a él un alma pecadora y le confiesa todas sus culpas, aquel gran conocedor de los pecados ve qué lugar del Infierno debe ocupar y se lo designa ciñéndose al cuerpo la cola tantas veces cuantas sea el número del Círculo a que debe ser enviada. Ante él están siempre muchas almas acudiendo por turno para ser juzgadas: hablan y escuchan y después son arrojadas al abismo.

—¡Oh, tú, que vienes a la mansión del dolor! —me gritó Minos cuando me vio, suspendiendo sus funciones—; mira cómo entras y de quién te fías; no te alucine lo anchuroso de la entrada.

Entonces mi guía le preguntó:

—¿Por qué gritas? No te opongas a su viaje, ordenado por el destino; así lo han dispuesto allí donde se puede lo que se quiere. Y no preguntes más.


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