Divina Comedia
Divina Comedia La oscuridad del Infierno o la de la noche privada de toda estrella, entenebrecida por las nubes hasta lo sumo, no echarÃan sobre mi vista un velo tan denso como aquel humo que nos envolvió, siendo tal la sensación de su punzante aspereza que no podÃan los ojos permanecer abiertos. Por lo cual, mi sabio y fiel acompañante se acercó a mÃ, ofreciéndome su apoyo. Como va el ciego detrás de su lazarillo para no extraviarse ni tropezar en algo que le ofenda o acaso le origine la muerte, asà caminaba yo a través de aquel aire sucio y acre, atento a la voz de mi GuÃa, que iba diciendo: «Cuida de no apartarte de mû. OÃa yo voces, cada una de las cuales parecÃa rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de Dios que quita los pecados. El principio de su oración era solamente «Agnus Dei»; todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con tan igual tono que parecÃa existir entre ellos una perfecta concordia.
—Maestro —dije—, ¿son espÃritus estos que oigo?
—Lo has acertado —contestó—; van purgando el pecado de la ira.
—¿Quién eres tú, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como si contaras aún el tiempo por calendas[104]?.
De esta suerte habló una voz, por lo cual el Maestro me dijo: