Divina Comedia

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—Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces, en efecto, aparecen las cosas de manera que dan motivo a falsas presunciones, porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees, según me prueba tu pregunta, que yo fui avaro en la otra vida, quizá por haberme visto en el círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos de mí y que mis excesos en contrario han sido castigados durante millares de lunas. Y si no hubiera sido porque me apliqué el oportuno remedio, cuando medité los versos en que exclamas, casi irritado contra la naturaleza humana: «¡Oh sagrada hambre de oro!, ¿adónde no conduces al insaciable apetito de los mortales?», me vería dando vueltas por el círculo donde se lanzan pesos. Entonces calculé que, por abrir demasiado las alas, podían llegar a gastarse mis manos, y me arrepentí tanto de aquél como de los otros males. ¡Cuántos resucitarán con los cabellos rapados por la ignorancia en que están de que la prodigalidad no es un pecado, lo que les impide arrepentirse, ya durante su vida, ya al término de ella[145]! Y sabe que la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente con el mismo pecado. Así es que si he permanecido purificándome entre los que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.

El cantor de las Bucólicas dijo entonces:


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