Divina Comedia

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Era la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues el Sol había dejado el círculo meridional al Tauro y la noche al Escorpión[170], por lo cual, así como el hombre a quien estimula el aguijón de la necesidad no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de igual suerte entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante de otro, tomando la escalera, que por su angostura obligaba a separarse a los que subíamos. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas deseosa de volar y, no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega nuevamente, lo mismo hacía yo, llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado Padre no dejó de decirme:

—Dispara el arco de la palabra que tienes tirante hasta la punta de la flecha.

Entonces abrí la boca con seguridad y empecé a decir:

—¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?



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