Divina Comedia
Divina Comedia Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a entregarse a Dios tan vivamente, con todo su agradecimiento, como el mío al oír aquellas palabras; y puso en Él de tal modo mi amor, que Beatriz se eclipsó en el olvido. No le desagradó. Antes, por el contrario, se sonrió, y el esplendor de sus ojos sonrientes hizo que parte de mi pensamiento volviera a pensarla. Vi muchos espíritus vivos y triunfantes, más gratos aún por su voz que relucientes a la vista, los cuales, tomándonos por centro, nos formaron una corona de sí mismos. No de otro modo vemos a veces a la Luna rodeada de un cerco, cuando el aire impregnado de vapores retiene las sustancias de que aquél se compone. En la corte del Cielo, de donde vuelvo, se encuentran muchas joyas tan raras y bellas que no es posible imaginarlas fuera de aquel reino. Y una de estas joyas era el canto de aquellos fulgores. El que no se provea de alas para volar hasta allí, espere tener noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.
Después que cantando de esta suerte aquellos ardientes soles dieron tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres que, sin dejar la postura de la danza, se detienen escuchando con atención hasta que han conocido cuáles son las nuevas notas. Y oí que del interior de una de aquellas luces salían estas palabras: