Divina Comedia
Divina Comedia —El amor que me embellece me obliga a tratar del otro patriarca, ya que se habla tan bien del mÃo. Es justo que donde se hace mención del uno se haga también del otro, pues habiendo militado ambos por una misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo[78], al que tan caro costó armar de nuevo, seguÃa su enseña lento, receloso y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudió en ayuda de su milicia que se hallaba en peligro, no porque ésta fuera digna de ello, sino por un efecto de su gracia. Y, según se ha dicho, socorrió a su Esposa con dos campeones ante cuyas obras y palabras se reunió el descarriado pueblo. En aquella parte de donde el dulce céfiro acude para hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste la Europa, no muy lejos de los embates de las olas tras de las cuales, por su larga extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la afortunada Caleruega bajo la protección del gran escudo en que el león está subyugado y subyuga a su vez[79]. En ella nació el apasionado amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos y cruel para sus enemigos. Apenas fue creada, su alma se llenó de virtud tan viva, que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el don de profecÃa[80]. Cuando se celebraron los esponsales entre él y la Fe en la sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que dio por él su asentimiento vio en sueños el admirable fruto que debÃa salir de él y sus herederos. Y para hacer más visible lo que ya era, descendió del Cielo un espÃritu y le dio el nombre de Aquel que lo poseÃa por completo[81]. Domingo se llamó; y habló de él como del labrador que Cristo escogió para que lo ayudase a cultivar su huerto. Pareció en efecto enviado y familiar de Cristo, porque el primer deseo que se manifestó en él fue el de seguir el primer consejo de Cristo[82]. Muchas veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo, como diciendo: «He venido para esto[83]». ¡Oh padre verdaderamente Félix!, ¡Oh madre verdaderamente Juana[84], si la interpretación de sus nombres es la que se les da! En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por esa vanidad humana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero maná[85]; entonces se puso a custodiar la viña que pierde en breve su verdura si el viñador es malo, y habiendo acudido a la Sede que en otro tiempo fue más benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya, sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidió la facultad de dispensar dos o tres por seis, no pidió el primer beneficio vacante, «non decimas, quae sunt pauperum Dei», sino que pidió licencia para combatir los errores del mundo[86] y en defensa de las semillas que nacieron las veinticuatro plantas que te rodean[87]. Después, con su doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen, y su Ãmpetu atacó con más vigor los retoños de la herejÃa allà donde era mayor la resistencia. De él salieron en breve varios arroyos con los que se regó el jardÃn católico, de modo que sus arbustos adquirieron más vida. Si tal fue una de las ruedas del carro en que se defendió la santa Iglesia, venciendo en el campo de las discordias civiles, bastante debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de la que te ha hablado Tomás con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado por la parte superior de la circunferencia de esta última rueda está abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien. La familia que seguÃa fielmente las huellas de Francisco ha cambiado tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él ponÃa los talones; pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando la cizaña se queje de que no se la lleve al granero[88]. Convengo en que quien examine hoja a hoja nuestro libro aún encontrarÃa una página en que leerÃa: «Yo soy el que acostumbro», pero no procederá de Casale ni de Aquasparta, de donde vienen algunos que o huyen del rigor de la regla o aumentan desmesuradamente su austeridad[89]. Yo soy el alma de Buenaventura de Bagnoreggio, que en mis grandes cargos pospuse siempre los cuidados temporales a los espirituales[90]. Iluminato y AgustÃn están aquÃ; éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San VÃctor, Pedro Mangiadore y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por sus doce libros; el profeta Nathan y el metropolitano Crisóstomo y Anselmo y aquel Donato que se dignó poner su mano en la primera de las artes. Aquà está también Rabano y a mi lado brilla JoaquÃn, abad de Calabria, que estuvo dotado de espÃritu profético[91]. He debido alabar a aquel gran paladÃn de la Iglesia que es Domingo por moverme a ello la ardiente simpatÃa y las discretas palabras de fray Tomás, que, asà como a mÃ, han conmovido a estas almas.