Divina Comedia

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—Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte[93]. Tú crees que en el pecho de donde fue sacada la costilla para formar la hermosa boca cuyo paladar costó tan caro a todo el mundo, y en aquel otro que, atravesado de una lanza, satisfizo tanto que venció el peso de toda culpa cometida antes y después[94], el gran poder creador de uno y otro infundió cuanta ciencia es asequible a la naturaleza humana; por eso te admiras de lo que dije antes, al manifestar que el bienaventurado que está contenido en la quinta luz fue sin segundo[95]. Abre, pues los ojos de la inteligencia a lo que voy a responderte y verás como tu creencia y mis palabras son con respecto de la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del círculo[96]. Lo que no muere y lo que no puede morir no es más que un destello de la idea que Nuestro Señor engendra por efecto de su bondad; porque aquella viva luz que sale del radiante Padre y no se separa de Él ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad, comunica su irradiación a nueve cielos, como transmitida de espejo en espejo, pero permaneciendo una eternamente. De allí desciende hasta las últimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados que últimamente sólo produce breves contingencias. Por estas contingencias entiendo las cosas engendradas que el cielo en su movimiento produce con germen o sin él. La materia elemental y el influjo celeste que ha de imprimirla para la creación de los seres no están siempre igualmente dispuestos, por lo cual dichas cosas, que llevan todas el sello de la idea divina, aparecen más o menos perfectas[97]. De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé frutos buenos o malos y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la materia fuese enteramente perfecta y el cielo estuviese también en su virtud suprema, la luz de la Idea divina se mostraría en todo su esplendor. Pero la Naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en sus obras al artista que domina prácticamente su arte y cuya mano tiembla. Si el ferviente amor dispone la materia e imprime en ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes alcanzan la perfección. Así es como fue hecho de la tierra el primer hombre, digno de toda la perfección de un ser animado, y así fue también como concibió la Virgen. Por tanto, apruebo tu opinión, porque la naturaleza humana no fue ni será jamás lo que ha sido en esas dos personas, Adán y Cristo. Pero si yo no siguiese ahora adelante tendrías razón en preguntar «¿Cómo es, pues, que has dicho que Salomón no tuvo igual en cuanto a sabiduría?». Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quién era y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: «Pide». No he hablado de modo que no hayas podido comprender que aquél fue un rey que pidió la sabiduría a fin de ser un verdadero rey[98] y no para saber cuál es el número de los motores celestiales; o si lo necesario con lo contingente produce lo necesario; o bien «si est dare primum motum esse», ni si en un semicírculo puede colocarse un triángulo que no tenga un ángulo recto; así, pues, si has comprendido bien lo que te he dicho, conocerás que la sabiduría real era la ciencia sin par en la que se clavaba la flecha de mi intención al decir lo que dije. Si claramente miras, verás que la palabra «ascendió» sólo hacía referencia a los reyes, que son muchos, pero poco los buenos[99]. Acoge mis palabras con esta distinción y así podrás conservar tu creencia sobre el primer hombre y sobre Cristo. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo, para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el no que no distingas con claridad. Pues necio es entre los necios el que sin distinción afirma o niega, ya en uno ya en otro caso; porque acontece a menudo que una opinión precipitada se extravía y después el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la verdad sin conocer el arte de encontrarla hace el viaje peor que en vano, porque si antes era ignorante, ahora está errado. De lo cual son en el mundo pruebas ostensibles Parménides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y no sabían a dónde[100]. Así hicieron Sabelio y Arrio y aquellos necios que fueron como espejos deformados para las Escrituras, torciendo el recto sentido de sus palabras[101]. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas, porque he visto el zarzal áspero y punzante durante todo el invierno y luego cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar recta y veloz durante su viaje y perecer en la entrada del puerto. No crean Pero Grullo y el maestro Ciruelo que por haber visto a uno robando y a otro haciendo ofrendas, están ya juzgados en la mente de Dios, porque aquél puede elevarse y este otro caer.


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