Divina Comedia

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—Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habrías expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda está Cassino fue frecuentada en otro tiempo por gentes engañadas y mal dispuestas. Yo soy el que llevó allí el nombre de Aquel que enseñó en la Tierra la verdad que tanto nos enaltece; y lució sobre mí tanta gracia, que aparté a las ciudades circunvecinas del impío culto que sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos, abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos santos. Aquí están Macario y Romualdo, aquí están mis hermanos, que se encerraron en el claustro y conservaron un corazón perseverante[167].

Le contesté:

—El afecto que demuestras hablando conmigo y la benevolencia que veo y observo en todas vuestras luces me inspiran la misma confianza que inspira el Sol a la rosa cuando se abre cuanto le es posible. Por eso te ruego, padre, que, si soy digno de tal merced, me concedas la gracia de ver tu imagen descubierta.



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