Divina Comedia

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—La herida que María restañó y curó fue abierta por Eva, aquella mujer tan hermosa que está a sus pies. Debajo de ésta, en el orden que forman los terceros puestos, se sientan, como ves, Raquel y Beatriz, Sara, Rebeca, Judith y la bisabuela del Cantor que en medio del dolor producido por sus pecados dijo: «Miserere mei»; puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo en la rosa a medida que te las voy nombrando, de pétalo en pétalo[232]. Desde arriba hasta la última grada de abajo están las hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque son como un recto muro que divide los sagrados escalones según como se fijó en Cristo la mirada de la Fe. En esa parte en que la flor está provista de todas sus hojas, se sientan los que creyeron en la venida de Jesucristo, y en la otra, en que los semicírculos se ven interrumpidos por algunos huecos, se sientan los que creyeron en Él después de que hubiera venido. Y así como en ésa, el glorioso trono de la Señora del Cielo y los otros escaños inferiores ocupados por las mujeres hebreas forman una separación, así en la parte opuesta está el trono del gran Juan, que, siempre santo, sufrió la soledad y el martirio y el Infierno después durante dos años[233]; y también debajo de él, formando a propósito igual separación, está el de Francisco, bajo éste el de Benito, bajo Benito Agustín y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aquí de círculo en círculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina, porque uno y otro aspecto de la Fe llenará por igual este jardín[234]. Y sabe que desde la grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo nadie se sienta por su propio mérito, sino por el que contrajo otro y eso aun con ciertas condiciones. Todos ellos son espíritus desprendidos de la Tierra antes de que estuviesen dotados de criterio para elegir la verdad. Fácil te será cerciorarte de ello por sus rostros y también por sus voces infantiles, si los miras y los escuchas bien. Ahora dudas y dudando guardas silencio; pero yo soltaré las fuertes ligaduras con que te estrechan tus sutiles pensamientos[235]. En toda la extensión de este reino no puede tener cabida un asiento dado por casualidad, como tampoco caben la tristeza, la sed ni el hambre, pues todo cuanto ves se halla establecido por eterna ley, de modo que aquí cada cosa viene justa como anillo al dedo. Por tanto, estas almas apresuradas a la verdadera vida no son aquí «sine causa» más o menos excelentes entre sí. El Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite que ninguna voluntad se atreve a desear más, creando todas las almas bajo su dichoso aspecto las dota según quiere de más o menos gracia; en cuanto a esto baste conocer el efecto, lo cual se demuestra expresa y claramente por la Sagrada Escritura en aquellos gemelos a quienes agitó la ira en el vientre de su madre. Por tanto, es preciso que la altísima luz corone de su gloria a los espíritus según el grado que hayan recibido de tal gracia. Así pues, sin consideración al mérito de sus obras se hallan éstos colocados en diferentes grados, distinguiéndose tan sólo por su penetración primitiva. En los primeros siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la inocencia, la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fue menester que los varones todavía inocentes adquiriesen la virtud por medio de la circuncisión. Pero cuando llegó el tiempo de la Gracia, toda aquella inocencia debió permanecer en el Limbo si no había recibido el perfecto bautismo de Cristo[236]. Contempla ahora la faz que más se asemeja a la de Cristo, la de su Madre, pues sólo su resplandor podrá disponerte a que contemples directamente a su Hijo.


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