Divina Comedia
Divina Comedia El sitio por donde hubimos de bajar era un paraje alpestre hasta tal punto que todas las miradas se apartarían de él con horror. Como aquellas ruinas cuyo flanco azota el río Adigio[104], más acá de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura presentan la roca tan hendida que ningún paso hallaría el que estuviese sobre ellas, así era la bajada de aquel precipicio. En el bordo de su entreabierta cima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta[105], que fue concebido por una falsa vaca. Cuando nos vio se mordió a sí mismo, como aquel a quien abrasa la ira. Gritole entonces mi Sabio:
—¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba, en el mundo, te dio la muerte? Aléjate, monstruo, que éste no viene amaestrado por tu hermana[106], sino con el objeto de contemplar vuestras penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe mortal, que huir no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo el Minotauro[107], y mi prudente Maestro me gritó:
—Corre hacia el borde. Mientras esté furioso, bueno es que te pongas a salvo.
Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo, por lo cual me dijo: