Divina Comedia
Divina Comedia —Me halagas tanto con tus dulces palabras que no puedo callar; no llevéis a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros. Yo soy aquel que tuvo las dos llaves del corazón de Federico[120], manejándolas tan suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos aparté de su confianza, habiéndome dedicado con tanta fe a aquel glorioso cargo, que perdí el sueño y la vida. La cortesana que no ha separado nunca del palacio de César sus impúdicos ojos[121], peste común y vicio de las cortes, inflamó contra mi todos los ánimos y los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a Augusto que mis dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi afina, en un arranque de indignación, creyendo librarse del oprobio por medio de la muerte, me hizo injusto contra mí mismo, siendo justo. Os juro, por las tiernas raíces de este leño, que jamás fui desleal a mi señor, tan digno de ser honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, reivindique en él mi buen nombre, que yace aún bajo el golpe que le asestó la envidia.
El Poeta esperó un momento y después me dijo:
—Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregúntale, si quieres saber más.
Yo le contesté:
—Interrógale tú mismo sobre lo que creas que pueda interesarme, pues yo no podría: tanto es lo que me aflige la compasión. Por lo cual volvió él a empezar de este modo: