La Divina Comedia
La Divina Comedia El ladrón al final de sus palabras,
alzó las manos con un par de higas,
gritando: «Toma, Dios, te las dedico.»
Desde entonces me agradan las serpientes,
pues una le envolvió entonces el cuello,
cual si dijese: «No quiero que sigas»;
y otra a los brazos, y le sujetó
ciñéndose a sí misma por delante.
que no pudo con ella ni moverse.
¡Ah Pistoya, Pistoya, por qué niegas
incinerarte, así que más no dures,
pues superas en mal a tus mayores!
En todas las regiones del infierno
no vi a Dios tan soberbio algún espíritu,
ni el que cayó de la muralla en Tebas.
Aquel huyó sin decir más palabra;
y vi venir a un centauro rabioso,
llamando: «¿Dónde, dónde está el soberbio?»
No creo que Maremma tantas tenga,
cuantas bichas tenía por la grupa,
hasta donde comienzan nuestras formas.
Encima de los hombros, tras la nuca,
con las alas abiertas, un dragón
tenía; y éste quema cuanto toca.
Mi maestro me dijo: « Aquel es Caco,
que, bajo el muro del monte Aventino,
hizo un lago de sangre muchas veces.
