La Divina Comedia

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CANTO XXIX

La mucha gente y las diversas plagas,

tanto habian mis ojos embriagado,

que quedarse llorando deseaban;

mas Virgilio me dijo: «¿En qué te fijas?

¿Por qué tu vista se detiene ahora

tras de las tristes sombras mutiladas?

Tú no lo hiciste así en las otras bolsas;

piensa, si enumerarlas crees posible,

que millas veintidós el valle abarca.

Y bajo nuestros pies ya está la luna:

Del tiempo concedido queda poco,

y aún nos falta por ver lo que no has visto.»

«Si tú hubieras sabido —le repuse—

la razón por la cual miraba, acaso

me hubieses permitido detenerme.»

Ya se marchaba, y yo detrás de él,

mi guía, respondiendo a su pregunta

y añadiéndole: «Dentro de la cueva,

donde los ojos tan atento puse,

creo que un alma de mi sangre llora

la culpa que tan caro allí se paga.»

Dijo el maestro entonces: «No entretengas

de aquí adelante en ello el pensamiento:

piensa otra cosa, y él allá se quede;

que yo le he visto al pie del puentecillo

señalarte, con dedo amenazante,

y llamarlo escuché Geri del Bello.


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