La Divina Comedia
La Divina Comedia La mucha gente y las diversas plagas,
tanto habian mis ojos embriagado,
que quedarse llorando deseaban;
mas Virgilio me dijo: «¿En qué te fijas?
¿Por qué tu vista se detiene ahora
tras de las tristes sombras mutiladas?
Tú no lo hiciste así en las otras bolsas;
piensa, si enumerarlas crees posible,
que millas veintidós el valle abarca.
Y bajo nuestros pies ya está la luna:
Del tiempo concedido queda poco,
y aún nos falta por ver lo que no has visto.»
«Si tú hubieras sabido —le repuse—
la razón por la cual miraba, acaso
me hubieses permitido detenerme.»
Ya se marchaba, y yo detrás de él,
mi guía, respondiendo a su pregunta
y añadiéndole: «Dentro de la cueva,
donde los ojos tan atento puse,
creo que un alma de mi sangre llora
la culpa que tan caro allí se paga.»
Dijo el maestro entonces: «No entretengas
de aquí adelante en ello el pensamiento:
piensa otra cosa, y él allá se quede;
que yo le he visto al pie del puentecillo
señalarte, con dedo amenazante,
y llamarlo escuché Geri del Bello.
