La Divina Comedia
La Divina Comedia Ya habÃa el sol llegado al horizonte
que cubre con su cerco meridiano
Jerusalén en su más alto punto;
y la noche, que a él opuesta gira,
del Ganges se salÃa con aquellas
balanzas, que le caen cuando ha triunfado;
tal que la blanca y sonrosada cara,
donde yo estaba, de la bella Aurora
mientras crecÃa se tornaba de oro.
A la orilla del mar nos encontrábamos,
como aquel que pensara su camino,
que va en corazón y en cuerpo se queda.
Y entonces, cual del alba sorprendido,
por el denso vapor Marte enrojece
sobre el lecho del mar por el poniente,
tal se me apareció, y asà aún la viera,
una luz que en el mar tan rauda iba,
que al suyo ningún vuelo se parece.
Y separando de ella unos instantes
los ojos, a mi guÃa preguntando,
la vi de nuevo más luciente y grande.
Apareció después a cada lado
un no sabÃa qué blanco, y debajo
poco a poco otra cosa también blanca.
Nada el maestro aún habÃa dicho,
cuando vi que eran alas lo primero;
y cuando supo quién era el piloto,
