La Divina Comedia
La Divina Comedia siete veces cercado de altos muros,
guardado entorno por un bello arroyo.
Lo cruzamos igual que tierra firme;
crucé por siete puertas con los sabios:
hasta llegar a un prado fresco y verde.
Gente había con ojos graves, lentos,
con gran autoridad en su semblante:
hablaban poco, con voces suaves.
Nos apartamos a uno de los lados,
en un claro lugar alto y abierto,
tal que ver se podían todos ellos.
Erguido allí sobre el esmalte verde,
las magnas sombras fuéronme mostradas,
que de placer me colma haberlas visto.
A Electra vi con muchos compañeros,
y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas,
y armado a César, con ojos grifaños.
Vi a Pantasilea y a Camila,
y al rey Latino vi por la otra parte,
que se sentaba con su hija Lavinia.
Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino,
a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia;
y a Saladino vi, que estaba solo;
y al levantar un poco más la vista,
vi al maestro de todos los que saben,
sentado en filosófica familia.
Todos le miran, todos le dan honra: