La Divina Comedia
La Divina Comedia Llegarnos al final de la escalera,
donde por vez segunda se recoge
el monte, que subiendo purifica.
Allí del núsmo modo una cornisa,
igual que la primera, lo rodea;
sólo que el giro se completa antes.
No había sombras ni señales de ellas:
liso el camino y lisa la muralla,
del lívido color de los roquedos.
«Si, para preguntar, gente esperarnos
—me decía el poeta— mucho temo
que se retrase nuestra decisión.»
Luego en el sol clavó los ojos fijos;
de su diestra hizo centro al movimiento,
y se volvió después hacia la izquierda.
«Oh dulce luz en quien confiado entro
por el nuevo camino, llévanos
—decía— cual requiere este paraje.
Tú calientas el mundo, y sobre él luces:
si otra razón lo contrario no manda,
serán siempre tus rayos nuestro guía.»
Cuanto por una milla aquí se cuenta,
tanto en aquella parte caminamos
al poco, pues las ganas acuciaban;
y sentimos volar hacia nosotros
espíritus sin verlos, que invitaban
cortésmente a la mesa del amor.
