La Divina Comedia
La Divina Comedia Cuanto hay entre el final de la hora tercia
y el principio de día en esa esfera,
que al igual que un chiquillo juega siempre
tanto ya parecía que hacia el véspero
aún le faltaba al sol de su camino:
allí la tarde, aquí era medianoche.
En plena cara heríannos los rayos,
pues giramos el monte de tal forma,
que al ocaso derechos caminábamos,
cuando sentí en mi frente pesadumbre
de un resplandor mucho mayor que el de antes,
y me asombró tan extraño suceso;
por lo que alcé las manos por encima
de las cejas, haciéndome visera
que del exceso de luz nos protege.
Como cuando del agua o del espejo
el rayo salta a la parte contraria,
ascendiendo de un modo parecido
al que ha bajado, y es tan diferente
del caer de la piedra en igual caso,
como experiencia y arte lo demuestran;
así creí que la luz reflejada
por delante de mí me golpease;
y en apartarse fue rauda mi vista.
«¿Quién es, de quien no puedo, dulce padre,
la vista resguardar, por más que hago,
