La Divina Comedia

La Divina Comedia

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CANTO XVI

Negror de infierno y de noche privada

de estrella alguna, bajo un pobre cielo,

hasta el sumo de nubes tenebroso,

tan denso velo no tendió en mi rostro

como aquel humo que nos envolvió,

y nunca sentí tan áspero pelo.

No podía siquiera abrir los ojos

por lo que, sabia y fiel, la escolta mía

vino hacia mí ofreciéndome su hombro.

Como el ciego que va tras de su guía

para que no se pierda ni tropiece

en obstáculo alguno, o tal vez muera,

andaba por el aire amargo y sucio,

escuchando a Virgilio aconsejarme:

«Ten cuidado y de mí no te separes».

Oía voces como que implorasen

la paz y la clemencia del Cordero

de Dios que borra todos los pecados.

Agnus Deí, era, pues, como empezaban

todos a un tiempo y en el mismo modo,

y en completa concordia parecían.

«Maestro, lo que oigo ¿son espíritus?»

le dije. Y él a mí: «Bien lo pensaste;

de la iracundia van soltando el nudo.»

«¿Quién eres tú que cortas nuestro humo,

y de nosotros hablas como si

aún midieses el tiempo por calendas?»


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