La Divina Comedia
La Divina Comedia Negror de infierno y de noche privada
de estrella alguna, bajo un pobre cielo,
hasta el sumo de nubes tenebroso,
tan denso velo no tendió en mi rostro
como aquel humo que nos envolvió,
y nunca sentí tan áspero pelo.
No podía siquiera abrir los ojos
por lo que, sabia y fiel, la escolta mía
vino hacia mí ofreciéndome su hombro.
Como el ciego que va tras de su guía
para que no se pierda ni tropiece
en obstáculo alguno, o tal vez muera,
andaba por el aire amargo y sucio,
escuchando a Virgilio aconsejarme:
«Ten cuidado y de mí no te separes».
Oía voces como que implorasen
la paz y la clemencia del Cordero
de Dios que borra todos los pecados.
Agnus Deí, era, pues, como empezaban
todos a un tiempo y en el mismo modo,
y en completa concordia parecían.
«Maestro, lo que oigo ¿son espíritus?»
le dije. Y él a mí: «Bien lo pensaste;
de la iracundia van soltando el nudo.»
«¿Quién eres tú que cortas nuestro humo,
y de nosotros hablas como si
aún midieses el tiempo por calendas?»
